Los EE.UU sin DD.HH.

Aunque era algo anunciado, por tratarse de quien se trata no ha dejado de hacer correr ríos de tinta. ¿Pero realmente tiene alguna importancia que los EE.UU. hayan abandonado el Consejo de Derechos Humanos de la ONU? ¿Por qué lo ha hecho? ¿Y a quién beneficia realmente?

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Nikki Haley

El gobierno de los Estados Unidos anunció su retirada del Consejo de Derechos Humanos de la ONU manifestando que “nuestro compromiso no nos permite seguir siendo parte de una organización hipócrita y egoísta que se burla de los derechos humanos (…) quiero dejar muy claro que al dar este paso no nos estamos retirando de nuestros compromisos con los derechos humanos, según dijo la embajadora estadounidense ante la ONU, Nikki Haley. Para justificar su decisión, EE.UU., después de calificar al Consejo de “hipócrita y egoísta” y de acusarle de “protector de los violadores de los derechos humanos y un pozo negro de parcialidad política”, esgrimió tres razones principales:

  • Lo integran violadores de los DD.HH. Para ello puso como ejemplo a la República Democrática del Congo (RDC), elegida como miembro el pasado año sobre la que aseveró que “es ampliamente conocida por tener uno de los peores registros de derechos humanos en el mundo. Incluso cuando fue elegida para ser miembro, se descubrieron fosas comunes (…) Ni siquiera celebró una reunión sobre las condiciones de Venezuela. ¿Por qué? Porque Venezuela es miembro del Consejo de Derechos Humanos, como lo es Cuba, como lo es China”, y que tampoco hizo nada cuando Irán “asesinó y arrestó a cientos de ciudadanos por expresar sus opiniones en diciembre y enero”, por lo que para los EE.UU. “Cuando el llamado Consejo de Derechos Humanos no puede abordar los abusos masivos en Venezuela e Irán, y acoge a la RDC como nuevo miembro, deja de ser digno de su nombre (…) de hecho, daña la causa de los derechos humanos”.
  • El “prejuicio crónico” contra Israel. Los EE.UU. acusaron al Consejo de mantener con relación a Israel una postura que calificó de “prejuicio crónico”, aduciendo para ello que “El Consejo continúa utilizando como chivos expiatorios a países con historiales positivos en materia de derechos humanos en un intento por distraer la atención sobre los que abusan de ellos”, criticando que sea Israel el único país punto permanente de la agenda del Consejo, recordando que el organismo aprobó a principios de este año cinco resoluciones contra Israel, “más que el número aprobado contra Corea del Norte, Irán y Siria juntos”, por lo que para el gobierno estadounidense “Este enfoque desproporcionado y la hostilidad sin fin hacia Israel es una prueba clara de que el Consejo está motivado por prejuicios políticos, no por los derechos humanos”.
  • Una reforma imprescindible.La embajadora Haley aseguró que llevaba trabajando sin éxito por una profunda reforma del Consejo, en cuya necesidad coinciden la mayoría de sus miembros, desde el inicio de su mandato “hace 17 meses”, recordando que cuando hace un año viajó a la sede del Consejo en Ginebra, ya avanzó que su permanencia estaría sujeta a “reformas esenciales” para hacer del organismo “un defensor serio” de los derechos humanos, “Lamentablemente, ahora está claro que nuestro llamado a la reforma no fue escuchado”, justificó Haley. En su opinión, “los abusadores de derechos humanos continúan sirviendo y siendo elegidos para el Consejo, y los regímenes más inhumanos del mundo continúan escapando a su examen”.

Para el fracaso de esta reforma hay dos razones principales, según los EE.UU. La primera, el hecho de que a muchos países sin libertades les conviene que el Consejo no sea efectivo para protegerse a sí mismos “Cuando dejamos claro que perseguiríamos con firmeza la reforma, estos países salieron de la nada para oponerse. Rusia, China, Cuba y Egipto intentaron socavar nuestros esfuerzos de reforma el año pasado”. La segunda, que consideró “aún más frustrante”, es que aunque varios países comparten los valores de EE.UU. y su “alarma por la hipocresía de países como Cuba, Venezuela o RDC”, no se atreven a posicionarse públicamente, señaló. Sin embargo, la embajadora dejó la puerta abierta a su vuelta manifestando que “Si se reforma [el Consejo], estaríamos felices de volver a formar parte de él”.

Hasta aquí la puesta en escena, el teatro norteamericano para intentar justificar, adornándola convenientemente, una decisión que en realidad estaba tomada desde hacía tiempo, pero a la cual había que buscar “razones”, en realidad excusas, para hacerla presentable; aunque de poco ha servido.

Recordemos que el Consejo está compuesto por 47 estados que son elegidos por un periodo de tres años, siendo teóricamente responsable de la promoción y protección de los derechos humanos en el mundo poniendo en evidencia los abusos de los derechos humanos por medio de resoluciones; ahí es nada.

El Consejo fue creado en 2006 para reemplazar a la Comisión de DD.HH., desacreditada por elegir a estados miembros con un cuestionable historial en la materia. EE.UU. no se unió entonces a él porque la administración Bush decidió boicotear el Consejo por las mismas razones mencionadas ahora por el gobierno de Trump para abandonarlo; hay que recordar también que entonces era embajador en la ONU John Bolton, quien actualmente es el asesor de Seguridad Nacional de Trump, un “halcón” tan crítico contra las Naciones Unidas, como partidario de Israel. Fue en 2009, bajo el presidente Obama cuando los EE.UU. ingresaron en el Consejo. Lo que ocurre, como no podía ser de otra forma, es que el Consejo ha acabado recibiendo las mismas críticas que la anterior Comisión, por ejemplo cuando en 2013 ingresaron en él Arabia Saudita, Argelia, China y Vietnam.

Antes de nada decir que nuestra opinión sobre el Consejo de Derechos Humanos es más que negativa, o sea, totalmente adversa, porque dicho organismo, como la práctica totalidad de la ONU, no es más que una mezcla de pantomima de cara a la galería y de estructura de manipulación de la opinión pública internacional al objeto de justificar, en cada momento, injerencias en terceros países; y decimos terceros porque eso se hace sólo en aquellos en los que algunos pocos, los de siempre, quieren y/o les interesa. El Consejo del que hablamos no debió constituirse nunca porque en tema de derechos humanos nadie puede arrojar la primera piedra, ni siquiera una, contra nadie; posiblemente menos los EE.UU. y para qué decir Israel, su más fiel y natural aliado, del que en realidad más parece títere que titiritero.

Dicho lo anterior, la causa única por la que los EE.UU. han tomado lo que en realidad ha sido una decisión más que anunciada, es Israel, país en el que es evidente, y nadie lo puede negar, ni Trump ni Bolton, que los conocidos como derechos humanos están bajo mínimos. Si tal país viene siendo foco de atención constante por parte del Consejo no es porque sí, por mucho que puede que exista alguna antipatía generalizada, sino porque no respeta los tan cacareados derechos; al menos en lo que se refiere a los palestinos y demás población árabe, sean los que viven en su propio territorio, sean sus vecinos, para qué contar de sus numerosas invasiones y correrías –verdaderas razzias— cuando se le pone en gana; caso fragrante y actual el de Siria.

Pero es que en este caso particular, lo que han hecho los EE.UU., e Israel, es ponerse la venda antes de que se produzca la herida, toda vez que estaba anunciada en breve una dura reprimenda de dicho Consejo contra más de 130 empresas y otras 60 corporaciones internacionales ya que van a ser incluidas en una “lista negra” de compañías que operan tras la Línea Verde (establecida en el armisticio árabe -israelí de 1949) “violando leyes internacionales y resoluciones de la ONU”, entre ellas, cómo no, 25 compañías israelíes de renombre como Ahava Cellcom, Hot, Bank Hapoalim o Bezeq, así como otras estadounideneses –Motorola y HP -cuyas unidades de I+D se ubican en Israel-, Caterpillar, Tripadvisor o Airbnb, Bank Hapoalim, Bank Leumi, Coca Cola, Teva, IDB, Egged, Mekorot, Netafim o Elbit Systems– todas con una característica común que es que la de operar en asentamientos israelíes de Cisjordania, Jerusalén Este o el Valle del Jordán.

La decisión norteamericana no es más que una “espantá” para proteger a su “titiritero” israelí y a sus intereses comerciales, que vienen a ser los mismos, otro favor que le hace la marioneta a su manipulador, el muñeco a su ventrílocuo; sobre todo porque a raíz del traslado de la embajada norteamericana a Jerusalén –otro favor más– y las tanganas organizadas por los palestinos –que de santos no tiene nada, ojo–, Israel volvió a pasarse “dos pueblos” dejando un reguero de cadáveres desproporcionado; porque está mal que la mayoría de los muertos fueran identificados por los propios palestinos como miembros de Hamás (ver aquí nuestro artículo), pero tal cosa no justifica que sabiendo que buscaban sangre propia, los soldados israelíes jugaran al “tiro al plato” sin medida para otorgársela.

De todas formas, la salida de los EE.UU. de un Consejo tan desacreditado, inútil, ineficaz e innecesario como su Comisión antecesora, carece de importancia, porque poco o nada importante es el Consejo por todo lo ya dicho; en todo caso puede que Trump, en su mirarse el ombligo, se crea que ha dado un ejemplo y ha hecho algo. Los que sí que salen ganando son los israelíes y las empresas citadas, que han conseguido dejar al Consejo cojo, no cabe duda, limándole cualquier posibilidad efectiva de seguir apuntando contra ellos.

 

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